Esto no es un sesudo estudio ético-moral de las consecuencias que se pueden derivar del acto -mire como se mire una jodienda- que los controladores pusieron en escena obligando a 650.000 personas a asistir como público al acto heavy-pornográfico. Público que al final no aplaudió, por el contrario silbó y abucheó. No faltó algún exaltado que pedía insistentemente la horca, pues no habían estado a la altura.
Esto es sólo el comentario dramatizado de una controladora que exponía ante las cámaras, con una carga inusual de “pathos” que el ver entrar a militares con pistola en mano les había provocado a todos los de la torre un ataque de ansiedad, unas taquicardias, unos sarpullidos.
La maldad no tiene límites, los “realities” cambiaron nuestra manera de ser y de estar. Se admite el lloriqueo como forma de declarar la verdad, si alguien llora es que cuenta lo que de verdad le pasó. Por increíble que parezca, caló la actitud teatral. A esa señora o señorita le temblaba la voz, daba lástima. Sus compañeros se presentaron de la misma guisa ante el facultativo encargado de la salud de los trabajadores y todos, TODOS consiguieron el parte de baja. Los médicos algo se cheiraban, pero al momento pensaron que gente con tan altas responsabilidades no caería tan bajo, olvidando que el ser humano es bastante arrastrao. Bastante. Muy bien no quedó el colectivo.